Manuel Alcántara

TIENE un agujero lateral y ofrece un lamentable estado de conservación,  debido a las resquebrajaduras que produjo el disparo. Antes de que el Führer  se pegara un tiro en la cabeza, ya la había perdido por completo, en la soledad subterránea del bunker, derrocado su sueño loco de ser, a la vez, Napoleón y Carlomagno.

El cráneo de Hitler, que era la cazuela donde se coció el mayor desastre  bélico que registra la historia, es una de las piezas más atractivas de la exposición itinerante con la que se conmemora el 55 aniversario del final de la  II Guerra Mundial, bajo el título de La agonía del Tercer Reich: el justo castigo.

Un tipo de cuidado aquel cabo austríaco, héroe de la primera guerra de todos contra todos. Tengo las biografías suyas que he podido comprar y el personaje me escalofría y me repele en la misma medida que me subyuga. El mayor demagogo de la época moderna empezó hablando en las cervecerías de Munich. Un señor ridículo, con un flequillo inverosímil y un bigote absurdo, que se transfiguraba frente al auditorio.

 Uno de sus médicos dice, con toda la finura posible, que cuando pronunciaba un discurso «lograba una satisfacción sexual completa». Perdía entre kilo y kilo y medio. Como algunos centrocampistas. Un tipo de cuidado, digo. No fumaba, no debía y era vegetariano. Le gustaban más los perros pastores alemanes que las mujeres a pesar de la historia de su sobrina y de Eva
 Braun y estaba convencido de que los judíos eran la encarnación del mal. Tenía una demencial fe en sus designios. Cuando dormía en un asilo de mendigos, mucho antes de fundar el nazismo, se dedicaba a dibujar. El pobre que estaba en el jergón contiguo le preguntó que era eso. «Son los planos del Teatro de la Opera, que edificaré cuando gobierne Alemania». Pasado el tiempo se los entregaría a Albert Speer, su arquitecto favorito.

 El fragmentado cráneo de Hitler está ahora en una vitrina. Su locura, que era contagiosa, determinó ochenta y ocho millones de muertes, según algunos. Bastantes más, según otros. La exposición está abierta.

 Pasen, señores, pasen.